Escribir para mantenernos vivos

domingo, 9 de octubre de 2016


Las ciudades y los muertos. 1

En Melania, cada vez que uno entra en la plaza, se encuentra en mitad de un diálogo: el soldado fanfarrón y el parásito al salir por una puerta se encuentran con el joven pródigo y la meretriz; o bien el padre avaro desde el umbral dirige las últimas recomendaciones a la hija enamorada y es interrumpido por el criado tonto que va a llevar una carta a la celestina. Uno vuelve a Melania unos años después y encuentra el mismo diálogo que continúa; entre tanto han muerto el parásito, la celestina, el padre avaro; pero el soldado fanfarrón, la hija enamorada, el enano tonto han ocupado sus puestos, sustituidos a su vez por el hipócrita, la confidente, el astrólogo.
La población de Melania se renueva: los interlocutores mueren uno por uno y entre tanto nacen los que se ubicarán a su vez en el diálogo, éste en un papel, aquél en el otro. Cuando alguien cambia de papel o abandona la plaza para siempre o entra por primera vez, se producen cambios en cadena, hasta que todos se distribuyen de nuevo; pero entre tanto el viejo colérico continúa respondiendo la criadilla ocurrente, el usurero no deja de perseguir al joven desheredado, la nodriza de consola a la entenada, aunque ninguno de ellos conserve la voz que tenía en la escena precedente.
Sucede a veces que un mismo interlocutor desempeña al mismo tiempo dos o más papeles: tirano, benefactor, mensajer; o que un papel se desdobla, se multiplica, se atribuye a cien, a mil habitantes de Melania; tres mil para el hipócrita. treinta mil para el gorrón, cien mil hijos de reyes caídos en desgracia que esperan el reconocimiento.
Con el paso del tiempo hasta los papeles no son exactamente los mismos que antes; es cierto que la acción que impulsan a través de intrigas y golpes de escena lleva a un desenlace final cualquiera, que sigue acercándose aun cuando la madeja parezca enredarse más y aumentar los obstáculos. El que se asoma a la plaza en momentos sucesivos comprende que de un acto a otro el diálogo cambia, aunque la vida de los habitantes de Melania sean demasiado breves para advertirlo.

Me gusto mucho este relato de Italo Calvino, que es parte de una recopilación de ciudades muy hermosa llamada "Ciudades invisibles". Lo fui copiando del libro al blog porque cuando me gusta mucho algún escrito me dan ganas de ir copiandolo así lo observo de otra manera, tal vez más atenta. Capaz sea porque al copiar uno tiene que fijarse bien en lo que está copiando para no copiar mal, y entonces me quedo realmente segura de que leí el relato, de que fue real lo que sentí.

El voto de silencio

A causa de un fuerte dolor de garganta que me está acometiendo últimamente; probable consecuencia de guardarme los lentes, y no dejar que se
me caigan las hojas del otoño, así fue que decidí hacer un voto de silencio. No hablar con la boca, escuchar otras voces, y escuchar otras partes de
mi. Lo cierto es que no es nada sencillo, ni llevarlo a cabo, ni realizarlo. Por empezar, la mayoría de las veces no se da el marco para poder
no hablar, ya que las circunstancias en la sociedad suponen que si uno tiene el privilegio de poder hacer oír su voz, no va a dejar de gozarlo. U, para
cambiar el tono, porque no se permite no hablar, a causa de lo que pueden causar los silencios.
No estoy contando las horas ni nada por el estilo, pero el asunto es que utilizo un cuaderno para comunicarme con las otras personas, que vendrían
a ser el factor "complicado" de la situación. Son las que interfieren a que no hable por un mes, suponiendo que fuera a hacer algo semejante. Sin embargo,
lo cómico es que hace tan solo unas horas, me encontraba sola en mi habitación, como tantas otras veces, y hable. Me distraje y escupí una queja. Claramente
perdí la concentración, me olvidé por completo de que no tenía que hablar, no solo con los otros, tampoco tenía que hablar en voz alta conmigo. Podía,
claro, hablar en silencio. No hay ninguna represión en callarse un rato, creánme, intentelo un momento. Se siente muy bien, no sé aún cómo explicarlo.
Yo soy de esas personas que no temen hablar estando solas. Me es algo totalmente natural, por eso mismo dejar de hablar implica más que un cambio con
respecto al entorno social. Es un cambio para conmigo misma. Supongo que escuchar mi voz es algo tranquilizador. Pero escuchar mi silencio, eso es otra
cosa. ¡Mi silencio habla!
Los silencios hablan,
el problema,
es que los tengo mudos,
en modo avión,
con un silencio tenaz.

Los silencios hablan,
el problema,
es que en vez,
de desnudos,
los quiero abrigar.

Silencios y voces,
siempre están,
silencios y voces,
nunca se van.

Parece que se apagan,
parece que se callan,
pero son día y noche,
son y no son,
uno decide que observar.