Las ciudades y los muertos. 1
En Melania, cada vez que uno entra en la plaza, se encuentra en mitad de un diálogo: el soldado fanfarrón y el parásito al salir por una puerta se encuentran con el joven pródigo y la meretriz; o bien el padre avaro desde el umbral dirige las últimas recomendaciones a la hija enamorada y es interrumpido por el criado tonto que va a llevar una carta a la celestina. Uno vuelve a Melania unos años después y encuentra el mismo diálogo que continúa; entre tanto han muerto el parásito, la celestina, el padre avaro; pero el soldado fanfarrón, la hija enamorada, el enano tonto han ocupado sus puestos, sustituidos a su vez por el hipócrita, la confidente, el astrólogo.
La población de Melania se renueva: los interlocutores mueren uno por uno y entre tanto nacen los que se ubicarán a su vez en el diálogo, éste en un papel, aquél en el otro. Cuando alguien cambia de papel o abandona la plaza para siempre o entra por primera vez, se producen cambios en cadena, hasta que todos se distribuyen de nuevo; pero entre tanto el viejo colérico continúa respondiendo la criadilla ocurrente, el usurero no deja de perseguir al joven desheredado, la nodriza de consola a la entenada, aunque ninguno de ellos conserve la voz que tenía en la escena precedente.
Sucede a veces que un mismo interlocutor desempeña al mismo tiempo dos o más papeles: tirano, benefactor, mensajer; o que un papel se desdobla, se multiplica, se atribuye a cien, a mil habitantes de Melania; tres mil para el hipócrita. treinta mil para el gorrón, cien mil hijos de reyes caídos en desgracia que esperan el reconocimiento.
Con el paso del tiempo hasta los papeles no son exactamente los mismos que antes; es cierto que la acción que impulsan a través de intrigas y golpes de escena lleva a un desenlace final cualquiera, que sigue acercándose aun cuando la madeja parezca enredarse más y aumentar los obstáculos. El que se asoma a la plaza en momentos sucesivos comprende que de un acto a otro el diálogo cambia, aunque la vida de los habitantes de Melania sean demasiado breves para advertirlo.
Me gusto mucho este relato de Italo Calvino, que es parte de una recopilación de ciudades muy hermosa llamada "Ciudades invisibles". Lo fui copiando del libro al blog porque cuando me gusta mucho algún escrito me dan ganas de ir copiandolo así lo observo de otra manera, tal vez más atenta. Capaz sea porque al copiar uno tiene que fijarse bien en lo que está copiando para no copiar mal, y entonces me quedo realmente segura de que leí el relato, de que fue real lo que sentí.
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