Era una calle triste y gris, como todas las calles de noche, y yo solo soy un niño sin hogar, desamparado a la suerte de la luz de la luna, escucho los ecos de risas en las casas, cálidas, seguras y llenas de contención, yo estoy aquí, dándole personalidades a los objetos inanimados, para tener a alguien con quien hablar, a veces hablo horas con ellos, de noche el frió y la angustia son tan severos que no logro ni dormir. No entiendo muy bien que hice para estar acá, ¿soy malo? ¿Soy diferente? Me siento como un desperdicio, camino horas y horas, voy de refugio en refugio buscando amparo contra la intemperie, entonces en una de las calles frías y silenciosas que suelo recorrer, con la bondadosa luz de la luna como testigo de mi caminata inquieta, descanso en una pared gris y callada. A través de una reja de una ventana bastante alta, que apenas alcanza a superar la altura de mi cabeza por unos escasos centímetros oí su voz: "Hola, qué haces ahí?” dijo. Me sentí extraño, me sentí ajeno a mi, me quede unos segundos en silencio, yo no debo ser al que su dulce voz le habla pensé. "Cómo te llamas?” dijo nuevamente, se dirigía a mi, ahí lo supe, me sentí cálido, me sentí invadido por un calor que se expandía por mi pecho. “Me llamo Pimpin“ le dije tímidamente pero con inquietud por lo que le seguiría a mi respuesta,
-Yo me llamo Tina, ¿qué haces ahí Pimpim?
-Yo vivo acá
-¿En la casa de enfrente?
-No, en la calle
-¿Por qué?
- Porque no tengo otro lugar a donde ir
Me miraba con sus ojitos tiernos y comprensivos, ella sabía y entendía muy bien donde estaba yo. Me miro unos segundos y entonces me sonrió asomando su cabecita rubia, se veía la luz del fuego de su hogar filtrándose por la ventana, contrastando con el gris de la calle, una calle sin color, pero en cambio ella era todo colores, era todo bondad. Y me dice con una sonrisa sublime y cálida, con una voz tierna y suave que se hunde en mi memoria y perdurara por siempre...
-¿Entonces cuando salga a ver por la ventana siempre te voy a poder ver?
Me sentí tan bien cuando dijo eso, me sentí alguien, sentí un profundo impulso de alegría y le dije:
-¡Claro que sí! Yo estaré aquí siempre para vos
Y entonces sonrió pero sin mostrar los dientes, como la sonrisa de una nena que expresa algo puro, un gesto diminuto pero que filtra todo su espíritu. Luego, extendió su mano. Yo se la apreté fuertemente; era cálida y se sentía como si estuviera sosteniendo todo mi ser con su mano. Mi alma. Ella comprendía los años; de soledad, de sufrimiento, de agonía, que había pasado. Reparaba con su mano toda la angustia que inundaba mi ser. Y por ese momento pude sentir que era feliz, que tenía a alguien en mi vida. No solo a una extensión de mi mente interpretada por algún objeto de la calle a la que yo le daba nombre e historia, no, ella era real. Ella me sentía y me podía ver,oír, escuchar. Hasta comprender.
Suelto su mano y logro tocar la manga de su pullover de lana, que me dio una sensación de contención momentánea , y de repente me dice , con un tono sincero y suave: “Te quiero mucho Pimpim” . Entonces en ese momento no pude más, rompí en llanto, sentí la urgencia de abrazarla pero no me lo permitía la altura de la ventana. Trate de disimular mi llanto. Fue silencioso. Solo eran lágrimas de mis ojos. Y lo que intenté decirle con mi voz quebrada por la emoción fue un : "Yo también te quiero". Pero después del “ Yo también” se me corto el aire por la urgencia del llanto gritando por mi garganta, ella me miró y sonrió, yo la miraba de puntitas de pie para alcanzar a verla.
Entonces escucho una voz que de adentro dice: “¡Tina, vení, dale!” a lo que ella responde: “Ahí voy". En consecuencia me dice “Chau Pimpim” y se va, se apaga la luz de su ventana, mi interior se hace angustia y mis ojos se llenan de inquietud. El viento empieza a soplar muy fuerte y con el trae mucho frió, en esa parte de la vereda no había reparo, por lo que me sentía desnudo. El frió chocaba contra mis estropeadas ropas, pero ya no podía irme, ya no, luego de escuchar su voz, de tocar su mano, de sentir su cariño, ¿a dónde iría?. ¿Y la promesa que le hice de estar ahí para ella cuando salga? Jamás podría irme de ahí. Me senté debajo de su ventana, me hice un bollito en el piso para resistir el frió y ahí me quedé en la oscuridad, repitiendo en mi cabeza el diálogo, reviviendo su imagen en mis recuerdos, y ensayando lo que le diría cuando vuelva a salir. Ahí me quede, en la oscuridad. Esperando. El frió golpeando mi cara y la soledad azotando mi ser.
Cada vez que alguna nube tapa la luz de la luna o escucho algún ruido extraño o el frio se hace insoportable, repito en mi cabeza su: “Te quiero Pimpim” y se me llena el alma de esperanzas. Y todavía espero aquí sentado a que algún día salga de nuevo por su ventana y me diga dulcemente que volvió. Espero, a que extienda su mano y todo vuelva a ser cálido y poder expresarle esta vez sin lágrimas, me lo prometo, “Yo también te quiero tina".
Cada vez que alguna nube tapa la luz de la luna o escucho algún ruido extraño o el frio se hace insoportable, repito en mi cabeza su: “Te quiero Pimpim” y se me llena el alma de esperanzas. Y todavía espero aquí sentado a que algún día salga de nuevo por su ventana y me diga dulcemente que volvió. Espero, a que extienda su mano y todo vuelva a ser cálido y poder expresarle esta vez sin lágrimas, me lo prometo, “Yo también te quiero tina".
Agustin Armesto