Escribir para mantenernos vivos

miércoles, 15 de marzo de 2017


Mi gata Gachicha primero fue Julieta. En mi ideal era perfecto que ella se llamará así porque mi gato se llamaba Romeo y juntos formaban una tragedia de Shakespeare. Si, mis gatos. Lo pienso ahora y me causa mucha gracia, claramente que a los ocho años no lo pensé demasiado. Creo que simplemente cerró.
La cuestión es que era cosa un tanto rebuscada al fin y al cabo, y la Lucía de ese entonces decidió llamar "Gachicha" a su gata el 80% de las veces que le siguieron a ese nacimiento del nombre. Gachicha: gato y salchicha en una palabra.
No creo que "Gachicha" haya sido apodo. Y me altera pensarlo como un segundo nombre solo porque llego más tarde. Gachicha me parece más ese nombre con el que resultaba cómodo y genuino nombrarla. Y "Julieta" quizás encapsulaba el ideal de todo lo que yo en ese entonces imaginé que ella sería.
Todo lo que contienen los nombres, ¿no?

Al final Julieta murió envenenada.
Los días previos a la muerte yo no entendía nada. Recuerdo que me alejaba lo más que podía de su presencia en proceso de ausencia. No toleraba verla así.
Pero Julieta/Gachicha sigue acá. Eso es increíble. Al escribir sobre ella puedo sentirla, porque fue real. Todo lo que no siento como tal, desaparece. Y sin embargo, esa desaparición puede encontrarse escondida en un dolor al fondo de la esquina, tan defendida que para hacerse ver necesita ser percibida.
La desaparición de lo otro que no veo porque decido no ver en un acto de preservación. Lo que no es real hoy porque no acepto incluirlo en la realidad.
¿Cuánto tiempo se puede decidir sobre la desaparición de momentos? ¿Cuándo la defensa se convierte en ataque?

Quizás se trate de comprender que no hay lugar para todo, y que pese a eso, nada se va realmente a ninguna parte. Solo cambiamos de foco.

Puede ser una forma de ver.



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