Escribir para mantenernos vivos

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Me dijo que le diga algo. Sus ojos delimitaban la espera de un fantasma. Y yo tenía sueño, cómo para no perder la costumbre. ¿Qué podía salir de mi boca, mejor que el silencio sensual de nuestros gestos? No quise decir. Mejor callar. Puede que así sea afortunada. Quizás logre ver el fulgor de su fuego ficcional apagando la estela del vacío. Mientras tanto decidí acostarme sobre sus pestañas. Recuerdo que eran largas, al menos desde el espejo interprete. Podían albergar un cuerpo bien encogido. Se podría descansar allí, hasta que el fin tenga una una voz incomprensible. Hasta que hablar ya no sea la forma de comunicarnos, eso que estamos cansados de saber. Cómo si yo estuviera consumida por el anhelo de oir un entramado bien esbozado. Harto despliegue sobre el paisaje ameno.
 Si pudiera no despertar hecha cenizas. Pero no. El fuego aturde a los huecos que se esconden entre mi sangre. No quiero más palabras. Si tan solo desaparecen los músculos que albergan ese ritmo mudo y deconsolado, seguro se anima, el tiempo inmanente.
Prefiero la descomposición de nuestros cuerpos, al baile desapegado de labios que intentan articular una verdad débil. La veracidad debe encontrarse sosteniendo el andamiaje vértebral. Porque palabras ya no hay. Se han caído de la caja torácica. Y no las quiero buscar. Voy a desaprender la idea de sentir como algo natural, el tener que decir porque puedo. El tener que hablarte en un idioma, que a veces, no entiendo.

Lágrima sobre la hoja


No sé en qué momento la habilidad de poder hablar se ha vuelto contraproducente. Un privilegio, nuevamente, se torno en aburrimiento. ¿Cuánto nos vamos a dar cuenta que nada de esto es completamente natural sin una consciencia del uso?
Muere el que no ejercita sus instrumentos corporales. Se desarma. Distiende la magia sobre el acero pálido que diluvia.

Si no puedo reinventar lo que ya existe, es porque tengo que volver de la muerte.









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