De pronto parece ser que fui dejando aquellas señales para encontrarme, y para que me encuentren, cuando no este. Miro la pared, veo lo que pegue en ella, y adquiere sentido, de pronto contemplo todo, entiendo, y respiro. Uno a veces se va, a veces nos vamos. No hace falta morirse. Se trata de apagones pequeños, como si nos bajasen el interruptor de la luz, entonces en consecuencia, la casa queda a oscuras. No nos queda otra que desenvolvernos en las tinieblas. Tras lograrlo, resurgimos, volvemos. Ahí cuando volvemos, ahí es el momento donde la pared suena completamente familiar. ¡Con razón! Esas dos palabras exclamamos.
Volvemos,
y cuando volvemos,
el camino,
esta.
En algún punto uno no se va, por eso el camino permanece. De hecho, el camino se sigue construyendo mientras nos creemos apagados. Se construye a oscuras, se construye de otra forma. En ella nos sentimos poco adaptados, no sabemos mucho de eso, parece ser lo desconocido. Pero hay que quedarnos tranquilos. Seguimos en construcción aunque sea de noche.
Cuando volvemos no esta todo como antes,
cuando volvemos esta eso que conocemos,
y también estan otras cosas,
que no.
Ya las vamos a decodificar en el día, ya las vamos a conocer,
y apareceran otras,
no conocidas.
Ya ya ya,
siempre ya.
Pero llega,
y si llega,
es porque no se va.
Es porque esta,
todo acá.
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