Escribir para mantenernos vivos

sábado, 17 de septiembre de 2016


Encuentros con una mujer del barrio

La vi en diversas ocasiones, pero lo que primero vi, fue su casa. Me tocaban la atención sus plantas, expuesta de una forma, muy cálida. Veía la
pared en la que estaban colgadas distintas macetas, pintadas de colores pasteles, y luego, observaba a las plantas asomándose desde las mismas.
Resultaba un espectáculo para la vista. De algún modo, fue como si la portada me estuviera presentando al libro.
Así fue como la empecé a saludar, arrojada por la curiosidad. Ella, y sus dos perros. Esa es la foto que salta en mi mente cuando la pienso. Ellos,
marrones y grandes, imponentes. Los tres mosqueteros.
Un día trabé conversación, pero lo cierto, es que no recuerdo demasiado de la charla. Sé que me contó sobre sus papás y la farmacia, y sobre sus
hermanas. Me doy cuenta lo difícil que es escuchar verdaderamente a alguien. O al menos, a mi así me pasa. Yo quería escucharla, quería ver quién
era esa mujer, pero por otro lado, si yo escuchaba bien lo que decía, y lo recordaba, la historia de mi imaginación se iba a ver rápidamente desmembrada. Si, la historia que había ido tejiendo, con todo lo que me gustaría que contuviera esa casa, esa mujer, esos perros. Con todo lo que  a mi me gustaría que ellos y su mundo fueran.
Entonces, tras hablar unos quince o veinte minutos, me fui. Me sentí bien por haber estado con ella. Se cruzo por mi mente el pensamiento de
que le había hecho un favor, porque las personas mayores siempre disfrutan mucho poder hablar con alguien (debe rondar los 85). Pero el hecho
es que ahora, pensando en eso que a veces pienso, se me ocurre despensarlo. Si es que ese vocablo es un posible. Las personas de veinte, como yo,
también disfrutan de una charla, y también necesitan ser escuchadas. La diferencia, es que en la juventud hay un apuro constante: por hacer todo eso,
que podemos hacer por ser jóvenes y frescos. Creo que a veces me vendría bien pensar que soy como ella, porque no estoy tan lejos.

Hoy clarlamos de nuevo, supongo que pueden haber pasado dos semanas desde la primera y última vez. La vi y sentí que tenía que hablarle. A continuación, frases de la misma. Mujer de pelo corto y gris claro, estatura baja, ojos como cerraduras de puertas.

"Estoy triste porque a la vecina le robaron el perro, no se ni su nombre, pero estos últimos días no la estoy viendo. Y el era su única compañía.
"Me dijo que desapareció" "piensa en que puede haberse perdido." "Desde que me dijo eso no la vi más." "Siempre lo llevaba para todos lados"
"Siempre salía con el a caminar. Lo mismo me podría pasar a mi, ya que mis dos perros son mi compañía."
"Quizás se fue al otro mundo."

La repetición que se puede ver, es real, y fue expresada por la mujer, quien emitía sus palabras desde la más profunda conmoción. Parecía ella
 misma perdida, con la otra mujer, buscando al perrito blanco y peludo. Me dijo que le gustaría buscar al perro, y encontrarlo.


Comentarios desgarradores y emotivos de una señora que ronda los 85 años. Su amor es para sus plantas y sus dos bellos perros, que la acompañan
cada día. En su vecina se ve reflejada. Siquiera sabe el nombre de la misma, porque el nombre resulta no ser tan importante, como la situación
que las une a ambas. Siente verdadera pena, y esta se ve en sus ojos, por aquella mujer, a la que le han arrancado quizás, a su ser más amado.
Yo, tampoco me acuerdo el nombre de la señora, a la que me encuentro subida sobre su cantero, cuidando a un árbol. En ciertos casos me
preocupa la facilidad con que me olvido de los nombres, que no se asientan en mi hasta que se ha creado una cierta familiaridad. Pero ahora,
frente a este caso, donde los nombres parecen ya no ser necesarios, me sorprendo. Cuando uno se siente identificado con el otro, cuando
se siente verdaderamente próximo, y sufre por pensar que el otro podría ser uno, el nombre pierde el lugar. La situación es el nombre.

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