Soy ese careta que yo nombro, cuando me escudo en mi lugar, de no ser ese, al cual urdo/acudo. Me encuentro juzgando su accionar, como si yo no fuera al menos un poco participe, ¿qué estoy haciendo?
Cuando despotrico contra ese otro, no hago mas que acercarme hasta el punto de no ver lo unidos que estamos. Cuando estoy a punto de explotar por la vorágine de palabras expuestas ante el susodicho, que para el colmo, no esta presente de forma figurativa, pero de algún modo, está ahí. Porque las siento volver como látigos eléctricos, y también disfruto con ellas, puedo saborear con el paladar esa situación de rabia desatada. Al final se trata de un goce, de un juego donde el otro es una creación para la guerra que son esas partes de mi que no acepto. ¿Y qué si el otro quiere hacer lo que hace todos los días, y a todas las horas?, ¿qué me importa a mi si no es el punto de que lo siento como si fuera un poco yo ese otro?
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