Cerrada. Puerta sin picaporte. Mirada queda en la propia
contraseña, desconocida. ¿Cómo saber que el otro nos construye, si desconocemos
nuestros propios elementos?, ¿existe alguna posibilidad de creación donde no
hay consciencia?
El personaje complemento, solo puede mostrarnos nuestro
reflejo, si somos capaces de observar. En la otredad encontramos lo que ningún
espejo nos puede mostrar. Porque, la vista no se parece a una imagen efímera,
sino a una pieza. Algo que no se desvanece después de cambiar de ángulo. Existe
un proceso, que comienza inmediatamente con nuestro nacimiento; comenzamos a
ser moldeados por las circunstancias. El asunto es darnos cuenta.
Soy un personaje. Tengo nombre, como cualquier otro, pero
eso lo eligen ustedes. He aquí mi punto
de quiebre: Recién descubro qué soy. Antes, no sabía. ¿Qué ocurría entonces? Al
no tener el poder de narrarme, alguien narraba ocupando ese lugar “vacante”.
¿Quiere decir eso que yo no estaba? No. Existía, sin tener noción
verdadera.
Ahora sé. ¿Qué hago entonces? Una vez sabiéndome, entiendo
que mientras no supe actuarme, estuve vivo de todos modos. Imposible es negar
lo que no fue efectuado de forma completamente lucida. Recuerdo ese papel, no
recuerdo crear líneas. Era como si antes simplemente se tratara de cumplir un
guión ajeno, siguiendo un acuerdo previamente pactado. Y de pronto, se termina
el trabajo. Vuelvo a la normalidad. Me veo entonces, ante la gran posibilidad
de dirigirme a mí mismo. Es entonces cuando pienso que antes “Otro” dirigía.
Automáticamente entiendo: Me he vuelto el otro.
Cuando lo otro ya no nos construye, porque nos hemos vuelto eso que antes creíamos desconocido;
allí es cuando se abre la puerta. Una vez que ya no hay un incierto
predominando en nuestro entorno, lo otro ya no suena a incógnita extraña.
Existe solamente la certidumbre de que somos todos otros, construyéndonos de a
poco. ¿Por qué? A cada momento este personaje al cual conduzco, le ocurren
transformaciones. Muta, como quien no conoce la forma de permanecer siendo uno
solo. ¿Cómo encubrir esta farsa donde jamás podría vivir tantos años un solo
cuerpo? Mintiendo, jurando que no hay nadie más que esa identidad. Embalsamando
la diversidad en el emporio del título. Encerrando en una etiqueta, a todos los
reflejos que posibilitaron ñtransformación secreta. Así es, que a través de la
farsa, nos vamos volviendo otros en silencio. No es, al fin y al cabo, una
persona con otra identidad la que nos ayuda a construirnos como sujetos
múltiples. Ahí encontramos un error sumamente común y conveniente. Los
semejantes se confunden. Casi podría decirse que fusionan sus transformaciones,
sin perder la esencia. Pero no son el medio. Cuando decimos “Reflejo”, nos
estamos refiriendo siempre a la capacidad de poder observarnos desde
nosotros. Yo observando el movimiento
que me corroe en este segundo. No es necesaria otra persona para tal efecto.
¿Por qué? El que no se puede mirar desde sí mismo, está imposibilitado de mirar
a otro. Quedan las miradas coartadas. Salir y mirarse, verse, contemplarse.
Hecho esto, viendo el acto natural del ser, logramos entender que la reunión
con el otro es un encuentro caleidoscópico. Con esto no quiero decir que se
pueda vivir en completa soledad, al contrario. Creo que quien no puede apreciar
el conjunto de entramados que construyen sus días, puede encontrarse entre
muchedumbres inmensas, y hundirse en el vacío. Estar solo u estar acompañado,
no trata de cuerpos físicos haciéndonos sentir más completos. La medida
sensacional se percibe en el deseo. Halla su hogar en elecciones claras. No
decide su estado dependiendo de números, opta siempre por la temperatura ideal.
¿Cómo decir esto? Nos han dicho que la soledad era uno sin dos, pero la
soledad, es uno sin uno.
No hay comentarios:
Publicar un comentario