Escribir para mantenernos vivos

martes, 8 de agosto de 2017

Estoy desgajando las flores donde no había perfume. Veo caer sobre mi regazo, el polvo artificial, de aquella ficción trémula. Tiñen mi piel, con su deshacerse. Las toco como quien sabe regodear el alma en sublimes témpanos. Y ellas mueren dejando un hilo de vida infranqueable. Sin embargo, no altero mi paso. Muda, quedo ante el funeral de mi propio jardín. Atenta, observo la pronta reconstrucción. Puedo envolver este limbo que es la espera, en un olor extaciante. No obstante, los colores comienzan a hacerse testigos de la nueva aurora. Olvidan el respeto ante el tiempo inventado. Vienen, invadidos por completo de sed artística. Llegan en carros infinitos. Desarman la idea de un canto tremebundo, y lentamente, plantan la mesa para lanzarse al banquete. Tienen hambre, son pintores embargados de ganas. Se van a comer el alimento que los hace sentir aquel elemento, ese, con el cual ahora me pintan.

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