Escribir para mantenernos vivos

miércoles, 2 de agosto de 2017

Fluidos. En eso han transformado mi casa. Toman formas, y escoltan dibujos hacia mi espalda. Por doquier. No hay retorno para esta marea. Lleva a mis piernas a donde no importan las velas. Y yo, que toda la vida estuve aprendiendo a nadar, subo a la nave humeda. Acaricio con mis dedos, el contorno del agua. Rodeandola suavemente, hasta entregar el tacto a lo que asciende. Es un deleite innato, cómo si el nectar de la placenta, nunca me hubiese dejado. Quizás esas doce horas en el limbo, me mostraron un terreno secreto. Puede que no desee vivir en un mundo donde no se cree en los continuos nacimientos. Cómo nosotros ahora. Observandonos en la distancia otrora. Sin la suficiente fortaleza para deshacer los kilometros. Apenas con tres uñas sobre el pincel enhebrador de cielos. ¿Qué hago acá, en este desierto, más que morir naciendo?
Yo, rodeando las lenguas ficticias, no puedo conocer otra acción que la del jolgorio. Imposible es detener el surgimiento, donde veo latir mi rostro en un tempo. Ahogada estoy, entre festejos de tornasol. Pueden llevarse sus melodías automátas a donde no haya veladores. Porque aquí en este rumbo soñador, no sabemos de otra cosa que de crear el amor. ¿Por qué pensas que salir al mundo es ser parido? Desprendete del apego siniestro. Abrite a otras convenciones. Las de tu época cómoda, aburrieron. Deberíamos iniciar un nuevo libro, donde la estadia sea traer todo lo que no quisimos recordar. Ahí, en nuestro inconsciente, donde no buscamos para fingir no estar.
Perdón. No vine para anhelar vivir en el pasado. Estoy extasiada de presente ilustrado. Amor, cómo si esto de verdad fuera un piso llano y no la inmensidad desnuda. No existe tal división temporal. ¿Acaso podes seguir creyendo en toda esa mediocridad? Mis divisiones son las del árbol mental.

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