Escribir para mantenernos vivos

viernes, 4 de agosto de 2017

Libre de la jaula, el pájaro se somete al dolor sin látigo. Ese nido espurio y sin embargo, embalzamado en hilos sensoriales. Desmantelado, el terreno de la expectativa, se encuentra con una respuesta encorvada. Ya no hay lugar para acaparar sueños que no tienen dueño. No hay vuelo lucido cuando el cielo se halla lleno de líquidos imposibles. La próxima frontera, tiene lugar en mis deseos. Allí, voy a elegir sin que me infiltren olvidos siniestros. Ejercitare el desaprender, y así se irán todos aquellos vocabularios donde mi mente no sabe ver. ¿Por qué debería dejarme rellenar, como si al nombrarme hablaramos de un vacío inmediato? Nada en mi apariencia auspicia un frasco. Conozco de sus miedos a formar propios idearios, porque sé de temer lo que puede ser un buen naufragio. Y eso es lo que haré, al fin y al cabo. Dejaré que se estanque el ancla contra todos los desiertos del patrimonio avaro. Roto quedará el amor frívolo. Escucharemos todos, sus gritos moribundos. No acudiremos. Nadie atenderá esos teléfonos. Qué grite el desamparo. Qué griten los demonios del enfermo asustado. Cuando se transmuta semejante descaro, ya no existe posibilidad de no querer un halo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario