Perdida en un vacío, me encuentro. A los relojes se les cae la arena, y yo me siento en el viento. De pronto el río no fluye. Detengo. No te tengo.
No existe el olvido. La felicidad se vuelve sostenible, cuantitativa, cuando descubro que seguís en la lejanía del portal. Un silencio desgarrador agarra mi cuerpo, lo lleva hacía los días donde no eras una realidad concreta. Los miedos no me llevan a escribir sobre este juego: encontrarnos en la oscuridad. Escribo porque nada me aterra, salvo extrañar una luna sin cara. Tu fulgor desmanteló, cualquier tipo de inanición. Nunca fui tan fuerte, ni me sentí tan veloz. Sin embargo, hay intervalos en el templo. Existen para hacerme acordar que existís, cómo si pudiera olvidarme, cómo si cada día no concibiera cada uno de mis actos con la certeza de que me van a llevar a vos.
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