Sanar los vientos. La desconexión es un templo, del que no me ausento, porque en su lugar no sueño inciertos. ¿Qué es desconectar? Irse del constante plano. Él nos merodea las manos, invitando a la contemplación de lo mundano. Comprensión, palabra queda en los inviernos sin momentos para el correlato de a dos. Miradas que se despegan sin compases. Escapan a los brazos oculares, libres se vuelven de cualquier intruso. Corren a los colchones abismales. Saben como no estar, conocen los artilugios para desatar. Ellas tienden en el hemisferio sur una telaraña, dejan colgados los cuerpos, mientras vuelan a otra maraña. Miradas que eligen no vivir inertes en la muerte de los que se fingen pacientes.
Juguemos a que somos dos ojos viéndose, uno se mira al otro. No se despegan siquiera en el lodo. Tocan la gelatina blanca de lo inocuo.
No pierdas de vista la óptica de mis artistas.
Vuelo entre tus planos de amatista.
Sueño que te sueño en cinco dimensiones sin ser vista.
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