Escribir para mantenernos vivos

miércoles, 21 de junio de 2017

La cara de la casa

Desde hace un año y meses, vivo en Córdoba. ¿Dónde? En la casa de mi abuela. ¿Por qué? Su esencia se encuentra impregnada en cada una de sus aristas. Paredes completamente vestidas; de platos, cruces, santos y figuras que brillan (con una luz que ella entendía). Desde su partida, una de las sensaciones que me abrumaba, era la de sentirme sin casa. Porque realmente, para mi esta era su casa, no la mía. Durante un mes, con mi papá, mantuvimos todo intacto. Como si nada hubiera pasado, como si nadie se hubiese ido. Jose Luis hacía todas las comidas para que yo tenga qué comer y no necesite cocinarme. También se ofendía porque Lucía actuaba como una colgada y no limpiaba lo que había dejado sucio hasta que consideraba visible el momento apropiado. Un choque sismico entre ambos sujetos veíase anclado en un suceso inminente: no podían seguir manteniendo una farsa. Ninguno de los dos podía encarnar lo ido.
Hace unos días, estallé. Una apocalipsis surgión en los centros que combaten al sujeto que habito. Deploré las actitudes negadoras de la persona con la cual convivo, mientras escuchaba lo perdidos que habíamos estado. En eso, acometí con todo lo que se cruzo en la habitación. Inclusive, contra Patricia (compañera/amiga de mi viejo). Le dije que ella no entendía nada porque idealizaba a mi papá, por lo que no pensaba escucharla.
Me fui de mi casa.
Volví.
Volví temiendo que me esperara ella. Podía verla esperandome, soltándome una charla. Deseaba estar equivocada.
No, llegué y estaba ahí, al acecho. Al príncipio pensé  en guardarme en mi dormitorio. Pero con el pasar de los minutos descubrí que esa no era una actitud propia de alguien como yo.
Bajé y hablamos. Ella dijo muchas cosas. La miré a los ojos todo el tiempo, como se debe hacer cuando alguien habla de verdad. La miré y ella me dejó una frase: "Tenes que cambiarle la cara a la casa". Nunca podré olvidar esa frase.
Lo cierto es que reniego de tener que hacer cosas de la casa, porque me molesta mucho el hecho de que por ser mujer tenga que hacerlo yo. ¿Por qué no lo puede hacer otro? un hombre, por ejemplo. Sin embargo, la realidad es que se trata de mi casa. No de una disputa entre sexos. Si yo no lo hago, nadie lo va a poder hacer. Entonces, ¿por qué esconderme en la furia?
Hoy avancé.
La casa está cambiando su cara.
Puedo ver, como también cambia la mia.







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