Escribir para mantenernos vivos

jueves, 20 de julio de 2017

Cuento



La ascensión

Capítulo 1
El viento enciende una copla

Un niño se hamaca en un río. Sueña para construir el agua que será su destino. Su maga lo observa emocionada, acariciando la forma de el huesped que aún no tiene cara. Mientras ella se prepara, él se baña en agua blanca. Tras los muros de la piel, se esconde un envoltorio de miel. Quien sabe obrar en pos de la paz, traerá un camino con un semblante invadido de arte. Perro interrumpe la escritura, quiere participar. ¿Qué dice? Lo negro es un camino igual de veraz. Mil tormentos condenados pueden transformarse en agua circular. Ningún sujeto nace sin morir; la serpiente necesita beber de el caliz para poder convertir su perfil.
Escucho el sonido que emite la ventana llamada Viento, me veo acometida por los cuencos. Debo saltar hacia la música para despertar la nota que hay en mi.
¿Cómo sé lo que transcribo? Escuchando una vida logré crear el principio de un camino. Y no es que sepa un sentido, tan solo encontré la dirección que emerge del sino.
Vuelve, perro negro ataca. Un descanso se instaura en la hoja sin reloj.
Volví, la vuelta se siente como una pendiente derramandose sobre mis escollos. La claridad se me escapa de las manos. Parece ser la utopia con la cual caminar hacia el reinado. Temo perderme antes de que las agujas visiten la última cuerda.

Capítulo 2
El viento se hace nocturno

Estoy escarvando en el lago azul. Sentir la tierra incursionando sobre los propios montes resulta placentero. Lobos cercando las bahías, eso sueño. No pretendo que se encuentre en estas líneas un eje concreto. Hay un misterio abrazador en la contemplación personal del arte. Para encontrarlo tan solo es necesario seguir el mapa de las venas. ¿Dónde está tu escritura personal?, ¿nunca pensaste que posiblemente halles un libro en la incertidumbre? Esa habitante esquiva, rondando con propositos absurdos. ¿Cómo pretendes la comprensión si no podes aún leer tu voz?
No sé. Y en el no saber tiendo las cartas de la nada. Para jugar es necesario perder la brujula.
La hoja blanca tiene perfume a flor, verla produce relajación. No se traza sangre sobre el tamiz del cuerpo para otra cosa que no sea dibujar la tempestad vital. ¿Qué pensas acerca del tiempo?, ¿cómo mostrarte sintiendo sin cuestionar el constante argumento?. Algunos esperan respuestas de los libros, sin embargo; esa expectativa es una eterna procastinación. El que espera no vive. Muere sin vivir. Contar los minutos que se le cae al desierto es entregarse al pergamino que un muerto escribió.
Sigo navegando. Tan solo me fui un rato a otro barco (sin moverme). Quien conoce su imaginación, desconoce no tener vehículo. Estoy sacandome enunciados del templo. No quiero ser por siempre una flor con espinas. Sacudirlas duele infiernos. ¿Saben cómo tolero la transformación? Viendo los huesos amontonados sobre el suelo. Montañas de personas que fui para poder crecer se escudan en un cementerio.

Capítulo 3
El viento en armonía con la comunidad es vibración

Prólogo

Hay una inercia impulsándonos al salto. Su fortaleza alcanza la magnitud de un terremoto visceral. El que niega su música está jugando a ser máquina.
Somos químicas interactuando, resultamos ser las soluciones a las que nos atrevemos con nuestro llanto. No intentes apagar esas lluvias internas. ¿Por qué no queres salir de la caverna? Te prometo, la ceguera es no salir a enfrentar la nieve.

Parte uno

Hoy, luego de una tormenta eléctrica escupida por el viento; he logrado clarificarme. Siento un clima con sabor a verano. Transita mi paladar, limpiando los párpados. Puedo ejemplificar esta sensación con la calma después del apagón. ¡Volvió la luz! Grita una niña emocionada. Esa niña soy yo; la emoción se ve reflejada en los contornos de mi cara.
¿Cómo empezo el sol? Estoy aprendiendo con mi prima Paula. Jugamos a ser lo que vemos, entonces nos aproximamos al entendimiento. Creo que ambas tenemos noción de la dificultad que significa animarse a ser eso (la foto). Desde la camara óptica, nuestra mirada nos presenta un encuentro posible en el ahora inmediato. Lo extraño aparece cuando intentamos trasladar esa percepción a la mirada mecánica. ¡No podemos! ¿O si? El acto de completud necesita paciencia. Para explicarme daré una demostración desde lo personal. Cuando alguien me quiere sacar una foto percibo un intento de capturación. Cómo si se creara una pretensión irrespetuosa. Salvo que exista una química entre el capturador y el capturado (en este caso la que deja huellas en la hoja). Si de pronto, la foto encarnara una fusión dúal entre artistas; ya nadie habría de quedar en una red. El encierro desaparece con la admisión de lo colectivo como placer.

No hay parte dos.

Fin.

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