Escribir para mantenernos vivos

jueves, 20 de julio de 2017

En un nido de flores, se encontraron las poses usurpa-roles. Ante un aburrimiento innato, habían decidido robarle el lugar a su compañero de al lado. Tuvieron que romperse, dejando claras y yemas a la interperie. No quedo alternativa alguna, si alguien las descubría, desaparecía la humeda espuma. Ahora estaban rotas y profugas del relato. En la calle, sin un mango, encontraron los faros. Nadie las conocía, porque esbozaban otras señales de herida. Nítidas, galopaban por la calle del desencanto. De pronto la ciudad podía acumular innovaciones, un atizbo binario comenzaba a soplar espigas sin soles. Nueva cosecha, sin la tarea hecha. Fragmentos atómicos pululaban por el cemento del odio.
Niñas recién plantadas. Miran atónitas el abismo. Aquí, ahora en este sismo. Ya no estamos en el pasado. Presente perfecto infinito.
Estiran sus ojos hasta quedarse sin hilo. La alarma suena, y truena. Reverdecieron. Preparado está el jugo de sangre para un nuevo cielo.
Hora de ir al cementerio. Toca dejarle flores a nuestras viejas yo. Nos queda tan cerca, por más que no estén ahí. Por más que no nos interese el lugar de incógnita que atravesó aquel rayo veloz. Por más que no nos interesen ni las palabras que estamos vomitando sobre la tiniebla hecha hoja. Aún asi iremos a leer bajo el halo de las tumbas.

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