Escribir para mantenernos vivos

jueves, 27 de julio de 2017

Disculpas al viento

Yo sé que no hay nadie a quien probarle la carta, que le cabe solo a un aire. Desconozco la razón, pero esa capa embestida en letras, concierne a una sola voz. Intento escuchar los deseos profundos, que narran mi cuerpo. Para no enfermar, de represión sin sueño. Y de él escapan aullidos culmines.
¿Dónde estoy ausente? Debo ir corriendo, a hacerme omnisciente. Si algo ya no deseo, es correrme de lugar. Quedaré acá, aunque derribado encuentren mi cuerpo. Otros vendrán. No hay que temerle a la profundidad.
Perdón, quiero dejar de sentirme mal por lo que no puedo respaldar, porque no existo allá. Los pasos se crean mientras asciende el nível de la primavera. Hay que avanzar. Porque la graduación luminosa espera acá. ¿Qué sentido tiene dejar pieles tendidas que nunca irás a buscar? Estás observando como tus ropas secan en el tender de la humanidad. Ves a tus viejos vestigios, jugando al ula-ula con el espacio tiempo. No  se han ido, simplemente dejaron de ser una seguridad. Y de pronto, nosotros sabemos solo de construirnos. Tenemos noción de que no planeamos dejar la emoción. Vamos a ejercer cambios de vestuario. Le dejaremos al mañana el asunto, podrá devorar nuestros músculos para untarlos con su lengua de pómulos. Qué nos embargue el desconsuelo unos minutos, si quiere. Vení, delirio del infierno, a demoler lo que no es una sinfonía del sentimiento.
Sí, haremos. Dejar que el equilibrio cometa todos sus pecados, es accionar. No pienso, yo, al menos, quedarme manos cruzadas. Arriesgaré. Barrera por barrera ha de caer. Voy a interrogar prejuicios, para sacarlos del vicio. Detendré a los manifestantes del futuro. Acá, maldita sea. En dos años no sé, pero ahora te cuento lo que me pidas. Ahora, tengo todas las ganas todas.

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