Escribir para mantenernos vivos
lunes, 24 de julio de 2017
Mi correspondencia
Desde que aprendí la escritura y la lectura, en uno de esos años cercanos a la turbulencia que significa envolverse en el arte, empecé a cartearme con alguien. Entre noches de letras galopando hacia mi abismo inmaculado, yo viajaba circundando reflejos. Allí empezó todo, y solo ahora que pasaron años puedo verlo. Siempre ahí, tan cerca, que parecía imposible un avistamiento real. Esperando, al acecho, encontrar a la gigante con un ojo abierto. ¡Al menos un párpado permitiendo el despegue del avión!. Recién en este instante entiendo y río ante la cruda negación que envolvió todos los 365 con polvora fluctuante. Maldita sea, era yo.
Escribir fue y es para mi una forma de evacuación, expurgación, explosión, experimentación y puedo seguir con las e que me gustan tanto. Utilicé este medio para salir de mí sin tener que irme. Aproveché el conocimiento para poder seguir transitando las noches del desencanto. Agarré cada postal y la guardé para esconderla en el baúl color satén. Me fui y olvidé que lo había hecho. Usé el canal como quien nunca recuerda que algún día tiene que pagar. La cuenta se amontona y un día sos moroso. ¡Aquí estoy, completamente endeudada conmigo misma!
El lado bueno es que sé cómo pagarme, y que el conflicto no va a tenerme paciencia. Muchas veces he tenido personas pacientes cerca, esperando que decidiera sacarme el río de lagañas. Pero señores, ¿qué hacen esperando ahí? yo vivo colgada de una nube pedazo de ingenuos. Es entonces que decido dejar de vivir en la incontable nada para arreglar las tuberías de mi propio terremoto. Ahora, habiendo descubierto uno de los misterios más perturbadores, puedo decir que ver colores no dice nada de una persona mientras ella no sepa pintarlos. ¿Entienden ustedes el eje de la noticia que acaba de enterrarse en mi lunes? Toda la vida recibiendo cartas, PROPIAS. ¡Y cómo quien no quiere la cosa, guardándolas en el cielo catártico! Ah, total, puedo tirar unos sábados más, mirando en el olimpo lo que no acepto en mi cueva de sal.
Me declaro completa y absolutamente quebrada. No pienso seguir sosteniendo una terapia del abandono. ¿Cómo pude no haberme dado cuenta que me estaba hablando a mí? Leo ahora, un escrito de hace dos días, yo pensaba quizás que su destinatario era algún ser idealizado (como siempre). No, era yo. Y ahora se me caé un aluvión de buzones sobre la cara y siquiera tengo redes para detener el impacto. Detengan su vuelo ya, lechuzas insondables. ¡Estoy bostezando! Detesto que interrumpan mis bostezos.
Sí, increíble. El arte que emergía de mí no era otra cosa que la única parte que vive en este cuerpo enfermo por falta de atención. Fundido como queso sin ratones se encuentran los huesos que creían caminar en pos de la voluntad orgánica. Infamias, puros envoltorios vacuos. ¡No soy otra cosa que lo que oculte! Y lo hubiera seguido ocultando de no ser porque estoy muriendo nuevamente. Esa chispa tienen todos los funerales, hacen que a uno se le muevan hasta los timpanos rotos.
Perfecto, me sentaré a visitar todos estos pergaminos amarillos. Los tomaré como míos y les haré el amor, hasta que él fuego sea aceptado por mi sol.
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