Me siento, sola, en la última silla que le quedó al cielo. Un ángel acaricia mi vuelo. Por momentos, tiemblo ante el frío. Pero luego ese ahora se desvanece, tornándose en nube. Entonces procedo a mirar el paisaje, parece ser un cuadro. Deseo pintarlo. Con esa llama fluyen lágrimas; empiezan a poblar mi cara. Decido contenerlas en un tintero, para poder usarlas como pintura. Mientras las ubico, los ojos se despiden de el dolor, producido por el viejo desconsuelo. Y el tarro de lágrimas mira ansioso a las manos. Y las manos miran a los ojos. Mientras...los platos...los cuencos...miran el cielo. Mientras, la mirada se sienta en la sala nublada.
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